En primer lugar que apuesten porque la Administración sea un ente profesional, al margen de los vaivenes políticos, pero bajo los principios de que los funcionarios deben mostrar absoluta lealtad, respeto y compromiso con los dirigentes, que elegidos democráticamente por el pueblo tienen el legítimo derecho y la obligación de llevar a cabo los proyectos con los que se han comprometido con la ciudadanía.
En segundo lugar que sean capaces de establecer una estructura de funcionamiento basada en dos principios: el trabajo en equipo, en el que todos somos necesarios, pero nadie absolutamente imprescindible, y una altas dosis de cariño, afecto, amor y humor, ya que las personas, además de las necesidades materiales, tenemos tanto o más necesidad de motivaciones de índole afectiva.
En tercer lugar que sean capaces de ponerse en lugar del ciudadano al que servimos y al que nos debemos.
Y, en cuarto lugar, el que no vean los distintos estamentos de la Administración como compartimentos estancos y aislados.
Son principios que, aunque muy básicos, están escritos en todos los manuales del buen gestor de recursos humanos pero que no todos los políticos los interiorizan y los ponen en práctica.
Esos principios pueden ser asumidos cuando el político tiene COMPROMISO con lo público, TALENTO, TALANTE, de buena persona, de conciliadora y de lealtad y compromiso hasta el límite con los suyos, ética y voluntad de servicio público.
La Administración es un barco, en él estamos los funcionarios, y si quienes manejan el barco no son un auténtico equipo sabiendo de dónde parten y a donde van y cuál es su compromiso y los principios éticos que sustentan su actuación no se va a ningún sitio.

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